Catequesis de monseñor Osoro para las familias

10 de Junio de 2016

 

Comenzamos esta catequesis sobre la familia cristiana comparando la familia con una casa. Los padres son el fundamento de la casa y los hijos son las piedras vivas que dan también, a esa casa, una manera de ser, de estar, de vivir. Voy a dividir la catequesis en tres partes: en primer lugar, el Señor nos dice que hay dos clases de casas, una construida sobre roca y otra construida sobre arena. Así se puede hacer la familia. La casa-familia no puede hacerse sobre arena. Habéis visto las consecuencias que tiene el construirla de una manera o de otra. Nos lo ha dicho el Señor en esta página del Evangelio de San Mateo, en el capítulo 7: el hombre prudente edificó su casa sobre roca, cayó lluvia, vinieron torrentes, soplaron vientos, pero esta casa no se cayó; estaba bien cimentada. Pero también se puede construir otra casa, la que hacemos sobre arena: el hombre insensato. En la casa hecha sobre arena vienen torrentes, soplan vientos, irrumpen contra la casa, y ésta cae, se hace ruinas. Las dos casas que describe Jesús, con las que podemos comparar esa construcción de la casa-familia, expresan situaciones familiares creadas por la libertad que Dios nos ha dado.

Pero yo quisiera, en segundo lugar, que esta tarde, ante nuestro Señor Jesucristo, nosotros entrásemos en la casa construida sobre roca. Al construir la casa sobre roca, se hace verdad lo que nos dice el Señor: dichosos los que van por los caminos del Señor, dichosos los que apoyan su vida en el Señor, como nos dice el Salmo, porque todo irá bien, serán casas que no se derrumban; dichosos los que construyen la casa inspirándose en ese plano que el Señor nos entrega. La casa será fecunda, los hijos serán como brotes de olivo, que dan fruto.

Por eso, queridos hermanos y hermanas, detengámonos un momento en esta casa construida sobre roca. Cuántas veces habéis escuchado ese texto del capítulo primero y segundo del libro del Génesis, que nos describen el relato de la Creación en que nuestro Señor crea al hombre y a la mujer. Y dijo Dios: «hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza». Que el centro de todo lo creado sea el hombre, pero porque los hombres son capaces de poner en el centro de lo creado a Dios. Casa construida sobre roca. Tú y tu esposa, cuando os miráis sabiendo que el Señor nos hizo a imagen y semejanza de Dios, todos, cuando nos miramos así, vivimos con una singularidad especial: vivimos en el amor. Un amor que genera vida, un amor que manifiesta a este Dios, que es misterio de comunión, y que se realiza en ese hombre y mujer que quieren construir y hacer casa-familia sobre roca. Que no se caiga: que vengan los vientos, que vengan las lluvias que fueren, que la casa se mantiene. Y lo hace porque se están viendo a sí mismos, el uno al otro, como imagen y semejanza de Dios. La familia no es algo ajeno a la esencia divina, porque no es ajeno a la esencia divina cada ser humano, que es creado a imagen y semejanza de Dios, que unen sus vidas y viven la comunión, la grandeza de la comunión, en el amor, que es la grandeza de un Dios que se manifiesta a los hombres. Este encuentro del hombre y de la mujer tal y como aparece en el libro del Génesis, cuando nos dice el Señor algo tan maravilloso: no es bueno que el hombre esté solo, voy a darle la ayuda adecuada.

Queridos hermanos: el encuentro del hombre y la mujer sana la soledad. Y de ese encuentro, que es sanador, surge la generación y la familia. Y el fruto de esta unión son, o es, esa palabra: que son una sola carne. La familia no es algo ajeno a la esencia divina; al contrario, el hombre y la mujer que la inician hacen verdad lo que nos dice el libro del Génesis: cuando el ser humano dice, al ver a la mujer y al ver que no está solo, esta vez sí que es un hueso de mis huesos y carne de mi carne. Y los hijos. En esa casa construida sobre roca, construida sobre esa roca que es esencia divina, de la que estamos constituidos nosotros, aparecen los hijos que, como brotes de olivo, tal y como nos dice el Salmo 128, aparecen dando energía y vitalidad a esa casa, dándole belleza.

Entremos, cojamos esta casa construida sobre roca. El Nuevo Testamento, cuando nos habla de la familia, nos habla de esa Iglesia doméstica que se reúne en una casa, esa Iglesia doméstica que vive las consecuencias precisamente de la celebración de la Eucaristía, de la presencia de Cristo, de la oración en común, de la transmisión de la fe, de descubrir que los hijos no son propiedad mía, no son propiedad de los padres... son de Dios. De ahí que en la familia, y también en esa casa, se transmita la fe, se haga descubrir a los que viven en esa casa que son imagen y semejanza de Dios, y que tienen que vivir conforme a la esencia que Dios les ha dado.

La celebración de la Eucaristía, la oración, la catequesis vivida y transmitida con la vida... Entremos en esta casa, queridos hermanos. Porque, mirad, hay otra forma de hacer la casa: sobre arena. Y ya veis las consecuencias de querer construir la sobre arena, ya veis las consecuencias de olvidar que la esencia del hombre es ser imagen y semejanza de Dios. Lo habéis visto: cuando el hombre sustituye a Dios -lo vemos en el capítulo tercero del libro de Génesis- hay destrucción. Casa construida sobre arena: la violencia rompe la vida de la familia, la falta de amor rompe la vida de la familia, la falta de vivir la esencia de lo que somos rompe la vida de la familia, rompe la intimidad de la comunión, la intimidad de la vida, rompe en definitiva el amor. Y aparecen los senderos del sufrimiento. Sí: senderos del sufrimiento.

Impresiona ver y escuchar algunas páginas del Evangelio. Hace algunos días, en la lectura continua de la Misa, oíamos el texto evangélico de la viuda de Naín: una mujer que va a enterrar a su hijo que había muerto. Una mujer que en ese traslado que está haciendo de su hijo se encuentra con Jesucristo, porque Él fue a una ciudad llamada Naín; Él iba con sus discípulos y una gran muchedumbre, y vio a esa mujer sufriendo, que era viuda, y que le acompañaba mucha gente; y el Señor tuvo compasión de ella: no llores; tocó el féretro y le dijo al joven: levántate. Lo que había vivido esta mujer era casa construida sobre arena, sufrimiento; lo que aparece después, cuando llega el Señor y entra en esa casa, es alegría, vida, comunión. O también el Evangelio que vamos a proclamar este próximo domingo, donde un fariseo le pide al Señor que venga a su casa, y cuando el Señor se sienta a la mesa una mujer, pecadora pública, llevando un frasco de alabastro, lleno de perfume, se tira a los pies de Jesús, se tira a sus pies, comienza a llorar, moja esos pies y con los cabellos de la cabeza los seca, besa los pies de Jesús... Ya veis la reacción en la casa del fariseo, construida sobre arena: si éste fuera profeta sabría que ésta es una mujer pecadora, que la mujer que le está tocando es una pecadora. Veis. Los dos han construido la casa sobre arena, pero qué reacción la de Jesús para conquistar el corazón y hacer descubrir a los dos que la casa se puede construir sobre roca. Le dice al fariseo: Simón, tengo algo que decirte, y le pone el ejemplo de un acreedor que tenía dos deudores, uno le debía 500 denarios y otro 50, y le pregunta quién de ellos le amará más cuando perdona lo que les debía. Y aquel fariseo que antes había juzgado, respondió: aquel a quien le perdonó más. Y Jesús se volvió a esta mujer para decirle: esta mujer ha entrado en tu casa me ha lavado los pies, los ha secado con sus cabellos, le quedan perdonados sus pecados porque ha demostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra. Ya veis lo que le dijo el Señor a esa mujer: tus pecados quedan perdonados. No entramos en todo el relato, porque es largo. Pero entramos en que Simón y la pecadora quedan reconstruidos, casas hechas sobre arena; de aquella misericordia del Señor surgen casas construidas en roca: tu fe te ha salvado vete en paz.

No es secundaria la presencia de Dios en la familia. No es secundaria la presencia de Dios en la vida del ser humano. Entremos y hagamos una casa construida sobre roca, una familia en roca, una familia que tiene como fundamento a Dios. Dejemos que la ternura del abrazo de Dios llegue a nuestra vida, la ternura de este Dios que está presente en el misterio de la Eucaristía, y que esta tarde contemplamos aquí, en la catedral de la Almudena. Este Dios que se hace cercano a nosotros. Este Dios que a ninguno de los que estamos aquí nos ha puesto ninguna condición. Este Dios os pide que descubramos que si construimos casa-familia sobre roca haremos un bien a esta humanidad. No haremos entrar a la humanidad por un camino que distorsiona el futuro del ser humano, nos lo dice el libro del Génesis: la ternura del abrazo de Dios.

Ya lo veis. El Evangelio de san Juan es muy elocuente para hablarnos de esa ternura. En el capítulo 13, en el versículo 34, el Señor nos lo dice claramente: «os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a los otros», que como os he amado os améis también vosotros, los unos a los otros. El tú del esposo y de la esposa es un tú que ve a Cristo mismo, y ama al otro como se ama a Cristo y como nos pide Cristo. Y en el tú del esposo y la esposa que da fruto en los hijos se traslada ese amor a todos los que forman parte de esa casa-familia construida sobre roca, porque conocerán esa casa porque son discípulos de Jesús y porque se aman los unos a los otros.

Queridos hermanos: esta es la gran tarea que nos propone el Señor, las dos casas que nos describe el Señor. La gran belleza de la familia está en construir la casa en roca, que no se cae, que se puede contemplar siempre, haya viento, lluvia... siempre, no se cae. Pero para esto es necesario que dejemos entrar en esta casa a Jesús. No es secundario. Por eso, no es secundario para la familia que sea sede de la Eucaristía, que las familias celebréis la Eucaristía los domingos, que sintáis el gozo de la presencia de Jesucristo y de la orientación de su palabras, que oréis en común, que os transmitáis la fe los unos a los otros y especialmente los padres a los hijos, sobre todo con el ejemplo, con las obras. Que viváis en la familia sabiendo que sois propiedad de Dios. Una casa familia, propiedad de Dios.