Catequesis de monseñor Osoro para las familias

11 de Marzo de 2016

 

Queridos hermanos y hermanas:

Gracias por vuestra presencia. Gracias por acompañarme en este inicio de estas catequesis sobre la familia, que son más bien celebraciones de lo que es la familia cristiana.

Habéis visto que el protagonista de estas catequesis, como siempre, tiene que ser nuestro Señor Jesucristo, realmente presente entre nosotros en el misterio de la Eucaristía. Él prolonga su presencia en esta tierra en el misterio de la Eucaristía. Permanece junto a nosotros. Él se sigue dando y regalando a todos los hombres en este misterio.

Contemplamos al Dios rostro de la misericordia en este misterio de la Eucaristía. Pero, junto al Señor, como os decía antes, está la imagen venerada por todos nosotros de su Santísima Madre, en cuya catedral está este santuario de Ella, este lugar donde nos encontramos con esa mujer excepcional, ese ser humano más excepcional que ha existido, que supo decir a Dios sí con todas las consecuencias. Cuando Dios le pide la vida para mostrar su rostro en esta historia, Ella lo acepta.

He querido que fuesen estos dos protagonistas los que estuvieran presentes en el inicio de estas catequesis sobre la familia que vamos a comenzar. Cristo y María: el hijo de Dios que se hizo hombre, y la Santísima Virgen María, su madre. Ella dio rostro humano a Dios para que nosotros conociésemos quién es verdaderamente Dios, y el rostro verdadero que tiene el ser humano cuando deja entrar a Dios en su vida.

Esta página del Evangelio de las bodas de Caná, que tantas veces hemos escuchado, he querido que fuese para todos nosotros ese canto que abre este inicio de estas catequesis que vamos a continuar. Posiblemente, tanto las catequesis como la oración que yo haga con vosotros van a tener como telón de fondo lo que el papa Francisco, en la exhortación apostólica que próximamente va a salir, tendrá como fondo: la familia.

Cristo, en el inicio de su vida pública, quiere estar presente precisamente en el inicio de una familia, que es el matrimonio: un hombre y una mujer unen sus vidas, y Cristo se hace presente. San Juan Pablo II nos entregó a los cristianos los misterios luminosos. En uno de esos misterios nos habla de ese momento excepcional en que Jesucristo manifiesta que es realmente Dios, precisamente en las bodas de Caná.

La familia tiene una singular importancia en nuestra cultura, queridos hermanos. Miremos hoy todos nosotros la realidad de la familia en toda su complejidad, con las luces que realmente tiene y con las sombras que se manifiestan. Yo estoy pensando en los padres, en los abuelos, en las hermanas y hermanos, en los hijos, en el vínculo que se crea en la familia. Es cierto que la familia está sufriendo este cambio antropológico cultural que está influyendo en todos los aspectos de la vida, y que requiere de nosotros precisamente una cercanía cada día mayor a nuestro Señor Jesucristo.

El papa Benedicto XVI nos hablaba de la crisis antropológica, de la crisis del hombre, de la crisis de la imagen del ser humano. El papa Francisco, en la encíclica Laudato si’, nos ha hablado también de la crisis del ser humano, que es el problema fundamental que existe. Y esto afecta directamente a la familia. Cuando no se sabe qué es el ser humano, en las relaciones que comienzan entre un hombre y una mujer en el matrimonio, que continúan después a través de la familia formada en ese matrimonio por los hijos, tiene una repercusión esencial y profunda el concepto que tengamos del ser humano. Por eso, ¡qué importante es para nosotros encontrarnos con Jesucristo!. Con el que ha diseñado realmente lo que es el ser humano.

Es verdad que nosotros tenemos una necesidad especial de encontrarnos con el Señor para saber de verdad quiénes somos. Y esto solamente nos lo dice el Señor. La crisis de la fe nos afecta profundamente a todos nosotros. Y la crisis de la fe, la crisis de la marginación de Dios de nuestra existencia, nos afecta de una manera singular y especial. Y está en el origen también de la crisis del matrimonio y de la familia. No saber quiénes somos, cuando un hombre y una mujer unen sus vidas, trae a la larga una crisis, trae oscuridad. Esas palabras que un día os dijisteis la mujer al marido y el marido a la mujer -«yo te quiero a ti, prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida»- son unas palabras que solo se entienden a la luz de Jesucristo si soy capaz, al decirlas, de ver que en esa persona a quien se las digo estoy viendo al mismo Señor. Solo así se puede hacer una promesa de la categoría con que la habéis hecho.

En la sociedad actual, aún reconociendo la bondad del proyecto creador de Dios en la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia, es verdad que también disminuye el número de personas que toman la decisión de unir sus vidas viendo el uno en el otro al mismo Jesucristo. En este contexto cultural, es cierto que es importante acercarnos al Señor como lo estamos haciendo nosotros esta noche. Acercarnos a Cristo. Sí. Es el Señor el que nos da a todos nosotros una capacidad especial, nueva, para descubrir que la familia sigue siendo en la actualidad el pilar fundamental e irrenunciable de la vida social, y que lo seguirá siendo siempre. En ella es verdad que conviven múltiples diferencias, pero a través de esas diferencias se estrechan relaciones, se crece en relación a generaciones diversas, y en la mutua acogida de las mismas.

La familia representa el valor fundante y el recurso insustituible para el desarrollo de la sociedad humana. El Concilio Vaticano II así nos lo recordaba, y también los sínodos que hemos celebrado sobre la familia. Decía el Concilio que la familia es escuela del más rico humanismo, es el fundamento de la sociedad, de las relaciones familiares, conyugales, filiales y fraternas. Los miembros de la familia establecen vínculos firmes, vínculos gratuitos, que les hace vivir en concordia, en el respeto recíproco y en superar el aislamiento y la soledad.

Queridos hermanos: miremos a la familia como la mira nuestro Señor, veamos a la familia a los ojos de nuestro Señor Jesucristo. Demos amor al hombre de verdad. Miremos así a la familia, con los ojos mismos de nuestro Señor Jesucristo. Volver la mirada a Jesucristo significa oír lo que acabamos de escuchar en el Evangelio. Qué maravilla, queridos hermanos. A una boda asiste Dios mismo. Él y su madre están invitados. En esa boda hay algo que falta. Cuando falta Dios, no hay fiesta. El corazón humano, sin Dios, está triste. Convenzámonos todos los cristianos de que esto es verdad, de que no es cuento lo que nos ha dicho la palabra de Dios que acabamos de proclamar. Retirar a Dios de la vida de unas personas que quieren unir sus vidas es retirar la felicidad del presente y, por supuesto, la felicidad del futuro. Porque solo con las fuerzas de uno no se puede hacer. No se podía hacer la fiesta, faltaba vida. Qué maravilla, queridos hermanos, que la que se da cuenta de esto es la Santísima Virgen María. Se da cuenta de los apuros que había allí: no había futuro, no se podía hacer la fiesta. Y la Virgen María se hace misionera. Sí. Va donde su hijo e intercede por aquella gente: no tienen vino, no pueden celebrar la fiesta. Jesús interviene. María simplemente dice: «haced lo que Él os diga».

Aquí estáis, familias. Sabéis lo que significa en la vida tener en el centro de vuestra existencia a Jesucristo. Él es el que nos hace a nosotros también saber decir al otro: perdón. Perdón. En el perdón también está la fiesta. Porque el perdón, cuando se pide y se da de corazón, nos hace levantarnos de la postración en la que estábamos.

La condición decisiva es mantener fija la mirada en Jesucristo, es detenernos en la adoración del Señor, es dejar que Él intervenga, es dejar que las tinajas que están llenas de agua Él las convierta en vino. Y las tinajas son nuestra propia existencia, la existencia vuestra, de los matrimonios, de los hijos.

Dejad que entre Jesucristo en vuestra vida, dejad que ocupe toda vuestra existencia, dejad que ocupe vuestro corazón. Haced verdad eso que hace el Señor con cada uno de nosotros. Permitidme que haga un recuerdo. Desde las 10 de esta mañana hasta hace un rato he estado en la cárcel de Soto del Real, hablando en todos los módulos a los que están allí residiendo. Y les he dado un icono donde está nuestro Señor Jesucristo lavando los pies a un discípulo. Se ve una jofaina, y Cristo está dando un abrazo al discípulo; no se le ve la cara, solo se ve la cara al discípulo; a Cristo se le ve la cara en la jofaina donde están metidos los pies del discípulo, y allí se refleja la cara de Cristo. Él no tiene inconveniente en mostrar su rostro en nuestra debilidad, en lo sucio de nuestros pies, incluso de nuestra vida. Y el discípulo está tan a gusto que en el icono se ve cómo tiene una mano abrazando al Señor y la otra poniéndola en alto, diciendo: no os acerquéis, estoy muy a gusto, quiero esta imagen, que entre en mi vida, la quiero meter en mi corazón.

Esto es la familia, queridos hermanos: un hombre y una mujer que toman la decisión de dejarse lavar los pies por el Señor, de dejar que la imagen de Cristo sea la que esté impresa en su corazón, la que mueva su vida y sus relaciones. Y esa imagen se la transmiten a sus hijos. Y es la imagen que mueve después las relaciones de la familia, no solamente del matrimonio. Ese es el vino que necesitamos. Ese es el vino. Eso es lo que hace posible la fiesta. Esto es lo que hace posible que el futuro lo tenga, como lo ha tenido siempre, la familia. Y la familia cristiana, queridos hermanos. El matrimonio cristiano, que es indisoluble. El matrimonio cristiano, que se aferra en ver el uno en el otro a Jesucristo, en ver la imagen del Señor en el otro. Transmitírselo a quienes traemos a la vida. Pero, para eso, hay que fijar la mirada en nuestro Señor Jesucristo.

Queridos hermanos: invitados a la fiesta. Imposible hacer la fiesta de la familia sin Jesucristo. No es posible. María, atenta a las necesidades. Pidamos su intercesión hoy por las familias. Pidamos que aceptemos el reto de María: «haced lo que El os diga». Pidamos que esto lo hagamos en lo ordinario de la vida, en la vida cotidiana, en el día a día. Agradezcamos que, gracias a la presencia de Dios en aquel grupo, en aquellos que iniciaban el matrimonio y el futuro de una familia, pudo haber fiesta.

Consideremos siempre, queridos hermanos y hermanas, que solo dejando entrar a Jesucristo en nuestra vida, la familia cristiana no solamente tiene futuro, sino que contagia una manera de ser y de vivir en la historia que transforma este mundo, que da seguridad a la sociedad, que es un bien social para nuestro mundo. La familia cristiana no es un añadido más. Es roca firme de una sociedad. Hagámoslo posible.

Pero, queridos hermanos, yo os convoco a adorar al Señor y a recibir estas catequesis no solamente hablando, sino adorando a Jesucristo, porque solo si dejamos entrar al Señor habrá familias cristianas.

La familia cristiana no se hace con muchos slogans que digamos por ahí. Haremos propaganda, pero quizá vacía. Tenemos que llenar de contenido a la familia. Y la familia cristiana se llena de contenido siempre cuando comienza dejando entrar al Señor en su vida. Vamos a dejarle entrar. Y vamos a comenzar una manera nueva. Bueno, no nueva, porque fue con la que comenzó Jesús: es tan antigua como la presencia desde hace 21 siglos de Jesucristo en este mundo, en esta historia. Por lo tanto, no es nueva, pero comenzó entrando Jesús en el corazón y en la vida de los que iniciaban una familia. No quiero, hermanos y hermanas, utilizar otro método más que el que utilizó nuestro Señor Jesucristo. Y os aseguro que así no nos confundimos. Vamos a mostrar que esto tiene tal capacidad de contagio, tal fuerza, que dinamiza una sociedad, la cambia, la revoluciona, la hace diferente. Hombre: tan diferente que la saca de la tristeza y de la desilusión para vivir en la alegría del Evangelio. Adoremos así al Señor un momento. Y os sigo invitando. Invitad a que una vez al mes las familias nos reunamos: un ratito, será una hora más o menos.