Homilía del Arzobispo de Madrid D. Carlos Osoro en las bodas de oro y plata 2016

12 de Junio de 2016

 

Querido vicario general, vicarios episcopales, miembros del Cabildo catedral, ilustrísimo deán. Querido Fernando, delegado de Pastoral de la Familia. Queridos diáconos, seminaristas. Y muy especialmente queridas familias, queridos matrimonios que celebráis las bodas de oro y las bodas de plata. Hermanos y hermanas todos que acompañáis en esta ceremonia a quienes hacen esta celebración.

Es un día de gracia para todos porque, a través de vosotros, nuestra Iglesia diocesana propone el evangelio de la familia y el evangelio del matrimonio con una belleza especial que da precisamente vuestra fidelidad durante 25 y 50 años en la construcción de una familia.

Queridos hermanos: cuando Dios creó todo lo que existe, al finalizar creó al hombre y a la mujer. Y todo lo que existe lo puso al servicio del ser humano. Todo. Es cierto que a través de la historia los hombres hemos trastocado esa creación de Dios tan bellamente hecha, y a veces ponemos por encima del ser humano otras cosas. Estropeamos la creación, estropeamos esa ecología de la cual el Papa Francisco nos está hablando tantas veces, tan profunda y tan bellamente.

Jesucristo nuestro Señor dio plenitud a la unión del hombre y de la mujer. Y les dio plenitud porque cuando se unen un hombre y una mujer que hacen verdad lo que hace un momento escuchábamos, en la segunda lectura del apóstol Pablo: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí», esas palabras que os dijisteis el día de vuestro matrimonio: «yo te quiero a ti, y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida», lo que hacíais era decírselo a alguien en quien veíais que estaba nuestro Señor Jesucristo. Y os lo dijisteis mutuamente. No olvidar eso a través de los años es lo que hace precisamente que hoy podamos estar aquí todos nosotros, junto a vosotros, celebrando esta gran fiesta del matrimonio, y celebrando la belleza que tiene la unión del hombre y de la mujer en el matrimonio.

Queridos hermanos: vosotros habéis dejado entrar al Señor en vuestras vidas. Yo quisiera que, como trasfondo de las palabras que voy a decir, tuvieseis esa página del Evangelio que acabamos de proclamar. Simón, aquel fariseo, tenía grandes deseos de que entrase Jesús en su casa. Vosotros, hermanos, el esposo y la esposa, habéis dejado entrar al Señor en vuestras vidas. Y qué maravilla, hermanos: cuando se deja entrar al Señor se hace verdad -como esta semana decía en la catequesis que he dado aquí a las familias cristianas- que queremos construir una casa sobre roca y no sobre arena. La familia, el matrimonio, que es el inicio de la familia, se puede construir sobre roca o sobre arena. Construirla sobre roca supone meter de tal manera a Dios en nuestra existencia que tenemos capacidad todos nosotros para ir creciendo juntos en el amor, sabiendo que Dios cuenta con nosotros para mostrar que al ser humano se le da equilibrio, se le da vida, se le da presente y se le da futuro. No solamente a los que formáis parte de ese matrimonio, sino a los hijos que vienen fruto de vuestro amor se les da vida precisamente cuando con todas las consecuencias vivís ese dejar entrar al Señor en vuestras vidas. Con todos los límites que tengamos. Tú y tu esposa, os diría hoy a vosotros, los matrimonios que celebráis estas bodas de oro y plata, habéis dejado entrar al Señor en vuestras vidas.

¡Qué maravilla, hermano! ¡Y qué diferencia tan abismal a la hora de construir unas vidas en común! Os ha dado equilibrio. Aquello que ya el Señor pensó al inicio de la creación: no es bueno que el hombre esté solo, démosle compañía, démosle comunidad, démosle la posibilidad de que viva lo que Dios mismo vive, la comunión entre personas, la entrega, la fidelidad, el amor incondicional, el perdón permanente, el hacer proyectos precisamente para ser más personas.

Gracias, queridos matrimonios, por presentaros hoy en medio de este mundo y de esta historia afirmando con vuestra vida que habéis dejado entrar a Jesucristo en vuestra existencia. Y que el resultado es haber construido una vida, y unas vidas que os han rodeado después, fruto de vuestro amor, en equilibrio, con densidad, con profundidad, con capacidad para vivir lo que es el ser humano: la entrega, el servicio de los unos a los otros. En el matrimonio y en la familia es donde aprendemos las mejores cosas que un ser humano tiene que aprender en la vida para construirse a sí mismo y para construir a los demás.

En segundo lugar, hermanos, habéis experimentado la misericordia del Señor. Esa que experimentó Simón el fariseo y aquella mujer pecadora que entró a casa de Simón y comenzó a ungir los pies a Jesús. Los dos encontraron la misericordia. Recordad esta expresión tan certera y maravillosa: «tengo algo que decirte, Simón». El Señor lo que le dijo a Simón es que le amaba, que tenía misericordia con él, que tenía misericordia también con aquella mujer, que la ha tenido con vosotros queridos hermanos. Habéis sentido la misericordia de Dios, habéis experimentado en vuestro amor, en vuestra entrega, en vuestra fidelidad, en vuestras alegrías y también en vuestras tristezas el amor de un Dios incondicional. De ese Dios que un día, como nos decía hace un instante la carta a los Gálatas de Pablo, os dio su vida. Cristo metió su vida en vuestra vida y por eso podéis decir: «no soy yo, es Cristo quien vive en mí». Y siento su misericordia. Y siento su amor. Y siento su entrega y la capacidad de entrega que me da, y la capacidad perdón que me da, y la capacidad de fidelidad que me da, y el conquistar cada día más esa unidad, ese ser una sola carne.

En tercer lugar, queridos hermanos, habéis sido llamados a caminar y a anunciar el evangelio de la familia. Y nunca como ahora, en ningún momento de esta historia, es el más oportuno para anunciar el evangelio de la familia, el evangelio de la vida, el evangelio de la entrega incondicional, el evangelio de la fidelidad, el evangelio de ese amor que nace del amor de Dios y que recapacita para amar al otro en todas las situaciones de mi vida. Anunciad esto. Esta sociedad y este mundo necesita de este anuncio, queridos hermanos y hermanas.

Habéis visto en estos últimos años, cuando tantas familias han padecido la falta de trabajo, la falta de los medios elementales para poder subsistir, lo que ha supuesto la familia cristiana. Si en España no hubiese existido la familia cristiana, que se ha ayudado, que se han ayudado unos a otros, que han abierto las puertas los padres a los hijos o los hijos a los padres, o los abuelos a sus nietos o a sus hijos, habría sido imposible la convivencia. La familia, y la familia cristiana en concreto, con los valores que da el hecho de tener en vuestra vida a Jesucristo, como os decía antes, sabéis compartir, sabéis acoger, sabéis ampliar a otros el horizonte de vuestro amor, sabéis compartir también el sufrimiento, sabéis hacer más llevadera la vida...

Queridos hermanos: el matrimonio y la familia cristiana son, para esta sociedad, la medicina más curativa que existe. Creedlo así, queridos hermanos. Porque, en definitiva, esto es creer en el proyecto de Dios, y en el proyecto que nos anuncia y da plenitud Jesucristo nuestro Señor, entre el amor de un hombre y una mujer. Es curativa. La familia cura esta sociedad. La familia cristiana cura. No es algo del pasado. Al contrario, queridos hermanos: es algo del presente. Si queremos una sociedad que tenga presente y futuro, creamos en la familia, creamos en el evangelio de la familia, en el evangelio del matrimonio, en el evangelio de esa buena noticia que es ese Cristo que une las vidas de dos personas, que fruto de esa unión nacen los hijos y se amplía la familia, y se vive en esa comunión que necesita también saber decir al otro «perdóname».

Hermanos y hermanas: construir esta casa sobre roca. Presentadla. No os dé vergüenza. Cuando se anuncian otras cosas, se anuncia la bondad de eso que uno quiere vender. No se anuncia lo feo. Anunciad con vuestra vida. Familias cristianas: anunciad que lo más grande, lo más bello, lo que más construye, lo que más realiza al ser humano, lo que más equilibrio da al ser humano, es la familia. Sí. Es ese matrimonio que inicia una familia, y de la cual muchos de vosotros hoy estáis acompañados por vuestros hijos y por vuestros nietos. Bendito sea el Señor que hoy nos ha puesto esta página del evangelio donde se nos habla de la importancia que tiene dejar entrar al Señor en nuestra vida; de la importancia que tiene vivir del amor misericordioso de Dios y de percibirle; y de la importancia que tiene caminar y anunciar el evangelio del matrimonio y de la familia a vuestros hijos, a vuestros nietos, a las personas que os rodean.

Hermanos y hermanas: esta es mi felicitación. Yo he hecho un dibujo, un regalo: las bodas de Caná, donde Jesús convierte el agua en vino, donde la Virgen María pasa desapercibida pero les ha dicho a aquellos que están en la boda que hagan lo que Él les dice, porque es así la forma de tener alegría. Alegría de la familia. Alegría del matrimonio. La alegría que nace de que Jesucristo está en medio de nosotros, y que cuando vienen nubes o tormentas, u oscuridades, hacemos memoria de aquel que nos da la vida y que elimina las oscuridades y las tormentas, y del que nos rehabilita permanentemente para seguir adelante. Que el Señor os bendiga.

En nuestra archidiócesis de Madrid hoy es un día grande, un día importante. Lo hacéis vosotros y nuestro Señor Jesucristo, que se hace presente aquí, en el misterio de la Eucaristía. La importancia se la dais vosotros porque dejasteis entrar al Señor en vuestra vida en primer lugar, porque habéis experimentado lo que es el amor misericordioso de Dios y el vuestro también cuando imitáis a Dios y entregáis ese amor, y porque lo hacéis presente en los lugares donde vivís y donde estáis. Que se note que hay familias cristianas: que se note por vuestra manera de vivir, de estar, de aceptar a los demás, de servir... De vivir, en el fondo también, en vuestra casa. Vuestra casa es una casa abierta: no es una casa de puertas cerradas. Una vez más, acojamos a Jesucristo nuestro Señor. Amén.